En un mundo lógico se dice: el orden de los factores no altera el producto.
Pero eso no funciona en un mundo ilógico como este, no importan los factores, el producto siempre será diferente.
miércoles, 3 de julio de 2013
Noch einmal
¿Y qué fin es el que se busca? ¿Cómo puede buscarse un fin cuando no se ha tenido un final? ¿Cómo puede buscarse un fin cuando no se ha tenido un inicio?
Caer en las búsquedas (¿búsquedas de qué?), caer en la burocracia sentimental, caer en los no porque que tal que... caer en los sí pero es que no estoy seguro de...
¿Qué somos, qué buscamos, qué deseamos? Teníamos un trato silencioso de tolerancia bidireccional. Se rompió el pacto, se volvió unidireccional. Nos volvimos presas de nuestros miedos. Nos volvimos miedo de nosotros mismos.
Y las nuevas formas aparecen, no tan nítidas, no tan claras. No se distinguen los negros de los blancos, no se define en luz y obscuridad como fuimos en algún momento: la escala de grises como forma predominante. Pero están ahí, me toman el cuello y lo aprietan, me dejan con desasosiego, te dejan con ganas de abandono. Me dejan con ganas de abandono, te dejan con desasosiego.
Y a final de cuentas es una vuelta a la semilla, sé que unas horas, unos días, unos meses -esperemos que no- esto será parte de otro círculo, uno que no quiero cerrar, que no quieres cerrar, que no queremos cerrar, que quiero cerrar, que quieres cerrar, que queremos cerrar.
Caer en las búsquedas (¿búsquedas de qué?), caer en la burocracia sentimental, caer en los no porque que tal que... caer en los sí pero es que no estoy seguro de...
¿Qué somos, qué buscamos, qué deseamos? Teníamos un trato silencioso de tolerancia bidireccional. Se rompió el pacto, se volvió unidireccional. Nos volvimos presas de nuestros miedos. Nos volvimos miedo de nosotros mismos.
Y las nuevas formas aparecen, no tan nítidas, no tan claras. No se distinguen los negros de los blancos, no se define en luz y obscuridad como fuimos en algún momento: la escala de grises como forma predominante. Pero están ahí, me toman el cuello y lo aprietan, me dejan con desasosiego, te dejan con ganas de abandono. Me dejan con ganas de abandono, te dejan con desasosiego.
Y a final de cuentas es una vuelta a la semilla, sé que unas horas, unos días, unos meses -esperemos que no- esto será parte de otro círculo, uno que no quiero cerrar, que no quieres cerrar, que no queremos cerrar, que quiero cerrar, que quieres cerrar, que queremos cerrar.
viernes, 14 de junio de 2013
miércoles, 12 de junio de 2013
El huracán
-El huracán viene- dijo ella.
Había que prepararse, reunir alimentos, agua, lámparas y baterías; había que explicarle a los demás qué estaba pasando, explicarle a los amigos que los nubarrones no eran nada de qué preocuparse.
-Podríamos guardar las cosas en cajas- dijo
Entonces era cosa de marcarlas con plumones, guardar las fotos, guardar los recuerdos. Envolver los trastes rotos y cubrir los muebles con sábanas manchadas de nuestro sudor.
Luego vendría la espera; sentarse en las sillas que no se cubrieron, dejar correr las horas, alertas a que el huracán comenzara, que aparecieran los nubarrones en el cielo azul y con el sol del medio día.
-Es un bonito día- le dije.
-Sí, lástima que esté tan nublado- respondió.
Guardar silencio, esperar.
Guardar silencio, esperar.
-Hoy me preguntaron por ti en el trabajo- le comenté queriendo hacer conversación.
-Mira cuanta lluvia, ¿crees que haya goteras?- respondió.
Subir a revisar el techo, el sol quemante en la nuca. Bajar y encontrarla nerviosa mordiéndose las uñas.
-Me asustan los truenos- dijo.
Cuestión de acercarse a ella, abrazarla torpemente como suelo hacerlo. Ella recargada en mi pecho preguntándome cuánto iba a tardar el caos, cuándo pararía de azotar el viento y la lluvia contra las ventanas, diciendo entre murmullos que estaba harta de esa obscuridad que envolvía todo. Acariciarle el cabello mientras veía las motas de polvo danzar en un rayo de luz que se filtraba desde la ventana que daba al patio, escuchar a los niños jugando afuera, algún perro ladrando.
-Moriremos aquí, no tenemos esperanza- comenzó a sollozar.
Decirle palabras tranquilizadoras, alentarla a tener esperanza en que sobreviviríamos. Darle besos suaves en la frente, alzar su mentón buscando su boca.
-Está todo perdido- dijo ella rozando mis labios- nuestro tiempo terminó.
Levantarse de la silla, dejarla ahí sollozando sola, cruzar la sala y abrir la puerta para salir a la calle, el sol que cegaba y el suave recibimiento del calor de junio. Lástima que me deje la camiseta puesta, con este sol tan abrasante y uno tan descubierto.
-Mira cuanta lluvia, ¿crees que haya goteras?- respondió.
Subir a revisar el techo, el sol quemante en la nuca. Bajar y encontrarla nerviosa mordiéndose las uñas.
-Me asustan los truenos- dijo.
Cuestión de acercarse a ella, abrazarla torpemente como suelo hacerlo. Ella recargada en mi pecho preguntándome cuánto iba a tardar el caos, cuándo pararía de azotar el viento y la lluvia contra las ventanas, diciendo entre murmullos que estaba harta de esa obscuridad que envolvía todo. Acariciarle el cabello mientras veía las motas de polvo danzar en un rayo de luz que se filtraba desde la ventana que daba al patio, escuchar a los niños jugando afuera, algún perro ladrando.
-Moriremos aquí, no tenemos esperanza- comenzó a sollozar.
Decirle palabras tranquilizadoras, alentarla a tener esperanza en que sobreviviríamos. Darle besos suaves en la frente, alzar su mentón buscando su boca.
-Está todo perdido- dijo ella rozando mis labios- nuestro tiempo terminó.
Levantarse de la silla, dejarla ahí sollozando sola, cruzar la sala y abrir la puerta para salir a la calle, el sol que cegaba y el suave recibimiento del calor de junio. Lástima que me deje la camiseta puesta, con este sol tan abrasante y uno tan descubierto.
miércoles, 22 de mayo de 2013
Bebé Rocamadour, bebé, bebé
¿Encontraré a la maga? Hiciste con nosotros algo que no se hace: nos mostraste la mujer ideal. Todos buscamos a la maga en París, en las barandillas haciendo huevos fritos, escuchando a Charlie Parker, haciendo el amor en una cama rodeada de gallinas, perros, ollas sucias, decenas de vasos con puchos apagados. Un tratado sin abrir de Master & Jonson, ¿Encontrare a la maga? Bueno, dijiste Julio que podíamos encontrarla, no buscarla, que la maga iba a aparecer sin necesidad de una cita. La misteriosa ecología de la ciudad iba a juntarnos. Por tu culpa Julio las parejas salen separadas a encontrarse, la ciudad está cubierta de personas que cabecean con un aire desconcertado como un luchador después de un golpe, que espían en las esquinas buscando a ella. Te metiste en la vida, no pasa un solo embotellamiento en que no recuerde la autopista del sur. Frente a cualquier decisión, particularmente las decisiones tontas, la memoria me dicta decisiones insólitas, ¿Te acordás? A uno le pide que elija, y le dan un calentador Primus, una banana, una rubia de costumbres elásticas. Para desconcierto de la población y el obispo local, todos nos quedamos con la banana. Me aterra tu posibilidad de vomitar conejitos a la mañana, Julio, ya es suficiente que en la mañana el sueño duela en los ojos o el meo se resista a salir. No puedo perdonarte lo de los conejitos, tampoco lo del limite. Yo vivía tranquilo imaginando es pared, no tenias que decirme que la pared era una soga que se podía saltar. En ese ring los contornos se pierden, la conciencia se pierde. Vivíamos tranquilos en nuestro metro cuadrado antes que apareciera el hombre más alto del mundo con los ojos separados como los de un novillo, con el brazo en alto señalando hacia allá, hacia allá, a la conciencia, a la soga, a lo extraordinario saltándonos encima como un gato. Julio, Julio, es natural que interpretes esto como un reproche, yo quería ser feliz, hacer asados, mirar como despegan los aviones del aeroparque, no necesitar a la maga, no plantearme ni siqueira si la vida tiene una direccion. Tiene una sola, y es el futuro, no hay dos futuros, hay el mio. No hay conejitos en la garganta ni instrucciones para subir una escalera. Yo quería ser feliz, imaginarme hasta acá, no hasta allá, no hasta donde nunca podré llegar. Sacudirme la libertada como una araña del pantalón, tirarme la araña a la cabeza, eso hiciste, pelo de araña, mi cabeza se mueve lentamente, nunca sé en qué pueda terminar. Volverme cursi y niño, abrirme a la confusión. Te imagino cada vez que miro por la ventana o por un tunel o por un ojal, sé de memoria que podríaas estar en cualquier lado, ahora mismo, cagandote de risa.
-Fragmento o comentario, no sé bien a la carta de la maga a Rocamadour, Rayuela.
-Fragmento o comentario, no sé bien a la carta de la maga a Rocamadour, Rayuela.
sábado, 11 de mayo de 2013
Flup
Fabricaciones de las fabricaciones de las fabricaciones, la falta de remordimiento y la falta de restablecimiento.
miércoles, 8 de mayo de 2013
astralidades
-¿Has asesinado algún animal por placer? ¿Por saber lo que se siente?
Ella no miraba hacia mí, solo seguía ahí recargada viendo hacia el techo.
-No- le respondí- ¿Por qué lo haría?
-Existe un cierto placer en sentir el poder, dominar a un algo más, saber que se tiene el control. Pero si ahora mismo viniera otro algo, uno más grande que yo a acabar conmigo, ciertamente rogaría y lloraría por mi vida. No me vendrían a la mente los recuerdos de ese animalito mirándome desde su debilidad, desde su dolor, desde su incertidumbre. Lo que pasaría por mi mente es ¿por qué ese ser es tan cruel, por qué me hace eso a mí? A mí, inocente de todo pensamiento, impulso o dolor que lo lleva a hacerme eso. Inmediatamente tendría la convicción de que mi conciencia está limpia, mis pecados expiados y mi alma pura. ¿Te das cuenta de lo que hablo?
Asentí desde mi lugar y nos quedamos en silencio otro momento.
-Es por eso que el dolor humano me causa tanta gracia- sonrió para sí misma- es por eso que tu dolor es ridículo. Recuerda lo que le hiciste, recuerda lo que me hiciste, recuerda lo que nos hiciste.
Y sin embargo, pensar quién era ella, cómo habíamos llegado a ese cuarto, esa cama desconocida, esos colores desconocidos, ese lugar tan ajeno.
-¿Quién eres?- mi pregunta estúpida.
-¿Quién quieres que sea?- su respuesta antes de cruzar la puerta.
Ella no miraba hacia mí, solo seguía ahí recargada viendo hacia el techo.
-No- le respondí- ¿Por qué lo haría?
-Existe un cierto placer en sentir el poder, dominar a un algo más, saber que se tiene el control. Pero si ahora mismo viniera otro algo, uno más grande que yo a acabar conmigo, ciertamente rogaría y lloraría por mi vida. No me vendrían a la mente los recuerdos de ese animalito mirándome desde su debilidad, desde su dolor, desde su incertidumbre. Lo que pasaría por mi mente es ¿por qué ese ser es tan cruel, por qué me hace eso a mí? A mí, inocente de todo pensamiento, impulso o dolor que lo lleva a hacerme eso. Inmediatamente tendría la convicción de que mi conciencia está limpia, mis pecados expiados y mi alma pura. ¿Te das cuenta de lo que hablo?
Asentí desde mi lugar y nos quedamos en silencio otro momento.
-Es por eso que el dolor humano me causa tanta gracia- sonrió para sí misma- es por eso que tu dolor es ridículo. Recuerda lo que le hiciste, recuerda lo que me hiciste, recuerda lo que nos hiciste.
Y sin embargo, pensar quién era ella, cómo habíamos llegado a ese cuarto, esa cama desconocida, esos colores desconocidos, ese lugar tan ajeno.
-¿Quién eres?- mi pregunta estúpida.
-¿Quién quieres que sea?- su respuesta antes de cruzar la puerta.
domingo, 5 de mayo de 2013
Die Krankheit
Y es que ella es la idea y la persona,
es que ella le teme a los principios y a los finales.
Y es que tengo miedo de ser la idea pero no la persona,
es que temo no haber sido el principio, solo un final.
es que ella le teme a los principios y a los finales.
Y es que tengo miedo de ser la idea pero no la persona,
es que temo no haber sido el principio, solo un final.
miércoles, 17 de abril de 2013
Der Katze
Érase una vez un gato que era alérgico a sí mismo. Habíase visto jamás semejante cosa, pero era así y así sería a lo largo de su vida (porque ya se había acabado las otras 6).
El pobre minino intentaba vivir a diario con esta condición que lo atormentaba con estornudos, moqueo y una inflamación de la cara permanente.
Un día, cansado de esta situación, decidió hacerse un tratamiento hipoalergénico. Los doctores gatunos le hicieron ver lo peligroso de la maniobra y los riesgos que esta podría conllevar, como perder su gatunidad para siempre. Pero nuestro querido amigo gato alérgico a sí mismo, cansado de el lagrimeo que le causaba su propia gatosidad, tomó el riesgo de tan radical tratamiento.
Y así, después de 36 procedimientos -que incluían baños con aceites de guanabana y shampú de ricino, así como una terapia de inyecciones a base de ciclopentanoperhidrofenantreno y compuestos tetrapirrólicos- nuestro querido Misifú (el nuevo nombre que había decidido tomar, dejando atrás aquel nombre viejo que nunca sería vuelto a mencionar para evitar así los recuerdos de tan dolorosa y comezonuda existencia pasada) era totalmente hipoalergénico. No más ataques de tos ni comezón en las patitash. No más hinchazón de cara ni más adrenalina inyectada en un ataque anafiláctico a las 2 am. No más moqueo constante que tantas veces era causa de penas en las reuniones del club.
Entonces, el pequeño Misifú, decidido a disfrutar de su nueva vida, se dedicó a las actividades propias de su especie: tomaba siestas de 10 horas ya no interrumpidas por la falta de aire que le causaban sus propios pelosh. Miraba con desprecio e indiferencia total a su amo mientras este le hacía caricias, ya sin tener la cara ridículamente hinchada. Se limpiaba a lengüetazos cada parte de su cuerpo, ya sin tener esos accesos de tos en los que sentía que sacaba la pleura. Finalmente, hacía demostraciones de habilidad ninja, ya sin sentirse pesado y tieso por el edema en sus pieceses.
Después de 3 meses de esta contínua agenda gatuna, Misifú llegó a la conclusión de que la vida que tanto había estado deseando era extremadamente aburrida, y poco a poco el deseo volver a la vida como Ramón, el viejo nombre que ahora extrañaba un poco, le invadía el corazón. Recordaba la emoción que le inyectaba a su existencia el saber que si no corría a tiempo por su ampolleta de adrenalina moriría trágicamente, así como el placer que le quedaba después de estornudar y estornudar y pensar -oh shi, ya pasó-. Recordaba también los viajes al veterinario en los que encontraba a sus viejos amigos de hospitalización: el pato manco, el cuyo con prolapso rectal y el loro con verborrea y diarrea.
Ramón (el ser llamado Misifú ahora le molestaba) pasaba las horas perezosas viendo por la ventana, pensando en que debió haberle hecho caso a su médico cuando le decía que a veces era más difícil una recuperación psicológica que la recuperación de los 36 tratamientos -que incluían baños con lactobacilos Casei Shirota-. Triste, el pequeño Ramón fue a la cocina de su dueño, y encontrando la bolsa de cacahuates que aquél no le dejaba tocar, decidió comer unos mientras veía un poco de TV. A los 15 minutos, Ramón sentía que la garganta se le cerraba, corrió a verse al espejo del baño y vio emocionado cómo su rostro era del tamaño de un melón. Rió con ganas cuando sintió que el aire le faltaba y casi encontró melódico el sonido de las sibilancias que provocaban sus pulmones luchando por respirar.
Misifú moría trágicamente. Ramón era tan feliz.
El pobre minino intentaba vivir a diario con esta condición que lo atormentaba con estornudos, moqueo y una inflamación de la cara permanente.
Un día, cansado de esta situación, decidió hacerse un tratamiento hipoalergénico. Los doctores gatunos le hicieron ver lo peligroso de la maniobra y los riesgos que esta podría conllevar, como perder su gatunidad para siempre. Pero nuestro querido amigo gato alérgico a sí mismo, cansado de el lagrimeo que le causaba su propia gatosidad, tomó el riesgo de tan radical tratamiento.
Y así, después de 36 procedimientos -que incluían baños con aceites de guanabana y shampú de ricino, así como una terapia de inyecciones a base de ciclopentanoperhidrofenantreno y compuestos tetrapirrólicos- nuestro querido Misifú (el nuevo nombre que había decidido tomar, dejando atrás aquel nombre viejo que nunca sería vuelto a mencionar para evitar así los recuerdos de tan dolorosa y comezonuda existencia pasada) era totalmente hipoalergénico. No más ataques de tos ni comezón en las patitash. No más hinchazón de cara ni más adrenalina inyectada en un ataque anafiláctico a las 2 am. No más moqueo constante que tantas veces era causa de penas en las reuniones del club.
Entonces, el pequeño Misifú, decidido a disfrutar de su nueva vida, se dedicó a las actividades propias de su especie: tomaba siestas de 10 horas ya no interrumpidas por la falta de aire que le causaban sus propios pelosh. Miraba con desprecio e indiferencia total a su amo mientras este le hacía caricias, ya sin tener la cara ridículamente hinchada. Se limpiaba a lengüetazos cada parte de su cuerpo, ya sin tener esos accesos de tos en los que sentía que sacaba la pleura. Finalmente, hacía demostraciones de habilidad ninja, ya sin sentirse pesado y tieso por el edema en sus pieceses.
Después de 3 meses de esta contínua agenda gatuna, Misifú llegó a la conclusión de que la vida que tanto había estado deseando era extremadamente aburrida, y poco a poco el deseo volver a la vida como Ramón, el viejo nombre que ahora extrañaba un poco, le invadía el corazón. Recordaba la emoción que le inyectaba a su existencia el saber que si no corría a tiempo por su ampolleta de adrenalina moriría trágicamente, así como el placer que le quedaba después de estornudar y estornudar y pensar -oh shi, ya pasó-. Recordaba también los viajes al veterinario en los que encontraba a sus viejos amigos de hospitalización: el pato manco, el cuyo con prolapso rectal y el loro con verborrea y diarrea.
Ramón (el ser llamado Misifú ahora le molestaba) pasaba las horas perezosas viendo por la ventana, pensando en que debió haberle hecho caso a su médico cuando le decía que a veces era más difícil una recuperación psicológica que la recuperación de los 36 tratamientos -que incluían baños con lactobacilos Casei Shirota-. Triste, el pequeño Ramón fue a la cocina de su dueño, y encontrando la bolsa de cacahuates que aquél no le dejaba tocar, decidió comer unos mientras veía un poco de TV. A los 15 minutos, Ramón sentía que la garganta se le cerraba, corrió a verse al espejo del baño y vio emocionado cómo su rostro era del tamaño de un melón. Rió con ganas cuando sintió que el aire le faltaba y casi encontró melódico el sonido de las sibilancias que provocaban sus pulmones luchando por respirar.
Misifú moría trágicamente. Ramón era tan feliz.
lunes, 25 de marzo de 2013
más búsquedas
A las 7 am, caminando a orillas de ese río me sentía como en un pequeño via crucis. Un via crucis, que manera tan más pedante de referirse a esto, ¿Pero qué otra comparación le podía encontrar? Et dimitte nobis debita nostra.
Conocer a alguien, ¿De qué depende pensar que conoces a alguien?, ¿conocer su historia, la persona a la que ama?, ¿sus alegrías, sus gustos?, ¿se podría decir que conoces a alguien porque puedes pedir su sandwich o su café de la forma exacta en que esa persona lo desea?, ¿se podría decir que la había conocido de alguna forma en que quizá ni sus más íntimos amigos la conocían?
Y no, no la conocía, no la conozco, y quizá no la conoceré. Esos breves momentos en que estuvimos solos eran de silencios, eran momentos en que ella expresaba sus firmes creencias y yo solo asentía por cortesía. Luego se movía hacia alguien más platicando y riendo mientras me dejaba solo pensando en que era extraña la atracción que sentía hacia aquella mujer con la que el máximo contacto había sido un saludo, un abrazo, una plática en medio del efecto del ron, el tequila, las cervezas, las noches, las terrazas, la música y el asentir con la cabeza mientras hablaba más de sus firmes convicciones.
Realmente no recuerdo bien cómo se dio - el efecto del ron, el tequila, las cervezas-, pero de pronto era sentir su cuerpo junto al mío, el baile más personal que hacia los demás en el lugar, la música, el abrazo, los rostros encontrándose, la suavidad encontrándose, la humedad encontrándose. El buscar desesperados, el buscar y caer; el morder y perder. El terminar de espaldas en la pared y comenzar a desear. Olvidar el cómo y el por qué. Seguir buscando entre el cabello y el cuello, entre sus manos guiándome sobre su cuerpo, apretando y buscando. Buscar, buscar, buscar, ¿Buscar qué? Yo no lo sabía, pero la ayudaba a encontrarlo.
Lo que comienza efímero termina efímero, no como regla general, solo como una norma o recomendación. Así que mientras nos buscábamos uno dentro del otro y él abrió la puerta del cuarto diciendo "no, no paren, sigan" mientras intentaba entrar en la cama con nosotros, me di cuenta que todo se había botado al quinto infierno ¿Y qué le quedaba a uno? decirle los "no mames, vete", "wey, no mames, vete" y ver cómo se iba tambaleando con su pequeño trasero desnudo. No quedaba más que la cortesía del "¿quieres seguir?" para recibir el ya esperado "no". Entonces era vestirse, buscar las ropas propias (buscar, seguía siendo todo una búsqueda), acostarse y poner la alarma a las 7 am porque había que salir de ahí pitando al otro día y caminar toda la carretera con el río a la izquierda hasta el boulevard para tomar el primer camión e ir asintiendo en el camino mientras ella hablaba de sus firmes convicciones.
Conocer a alguien, ¿De qué depende pensar que conoces a alguien?, ¿conocer su historia, la persona a la que ama?, ¿sus alegrías, sus gustos?, ¿se podría decir que conoces a alguien porque puedes pedir su sandwich o su café de la forma exacta en que esa persona lo desea?, ¿se podría decir que la había conocido de alguna forma en que quizá ni sus más íntimos amigos la conocían?
Y no, no la conocía, no la conozco, y quizá no la conoceré. Esos breves momentos en que estuvimos solos eran de silencios, eran momentos en que ella expresaba sus firmes creencias y yo solo asentía por cortesía. Luego se movía hacia alguien más platicando y riendo mientras me dejaba solo pensando en que era extraña la atracción que sentía hacia aquella mujer con la que el máximo contacto había sido un saludo, un abrazo, una plática en medio del efecto del ron, el tequila, las cervezas, las noches, las terrazas, la música y el asentir con la cabeza mientras hablaba más de sus firmes convicciones.
Realmente no recuerdo bien cómo se dio - el efecto del ron, el tequila, las cervezas-, pero de pronto era sentir su cuerpo junto al mío, el baile más personal que hacia los demás en el lugar, la música, el abrazo, los rostros encontrándose, la suavidad encontrándose, la humedad encontrándose. El buscar desesperados, el buscar y caer; el morder y perder. El terminar de espaldas en la pared y comenzar a desear. Olvidar el cómo y el por qué. Seguir buscando entre el cabello y el cuello, entre sus manos guiándome sobre su cuerpo, apretando y buscando. Buscar, buscar, buscar, ¿Buscar qué? Yo no lo sabía, pero la ayudaba a encontrarlo.
Lo que comienza efímero termina efímero, no como regla general, solo como una norma o recomendación. Así que mientras nos buscábamos uno dentro del otro y él abrió la puerta del cuarto diciendo "no, no paren, sigan" mientras intentaba entrar en la cama con nosotros, me di cuenta que todo se había botado al quinto infierno ¿Y qué le quedaba a uno? decirle los "no mames, vete", "wey, no mames, vete" y ver cómo se iba tambaleando con su pequeño trasero desnudo. No quedaba más que la cortesía del "¿quieres seguir?" para recibir el ya esperado "no". Entonces era vestirse, buscar las ropas propias (buscar, seguía siendo todo una búsqueda), acostarse y poner la alarma a las 7 am porque había que salir de ahí pitando al otro día y caminar toda la carretera con el río a la izquierda hasta el boulevard para tomar el primer camión e ir asintiendo en el camino mientras ella hablaba de sus firmes convicciones.
viernes, 8 de marzo de 2013
miércoles, 6 de marzo de 2013
más blas blas
Y si bien la aparición de una nueva forma estimulante en mi vida no es del tanto propicia, esta le da un cierto toque de cambio al panorama. Al panorama, que manera tan más mordaz de llamarle a la forma jodida de vida que me había cargado últimamente.
Se dice que uno es la causa de las cosas que atrae, el pensamiento como fuente de atracción -el poder de la atracción- le llaman si no me equivoco. A qué viene este punto, a que este tiempo he estado gozando de mi continua necesidad de sentirme miserable (con musical y todo). Y sin embargo las cosas no van tan mal, lo que me lleva a pensar que hay una parte de mí, muy en el fondo, una forma sub-in-consciente, como sea, que busca mi felicidad.
¿Es esta forma inconsciente la que atrae de forma irremediable y continua esas alegrías de mi vida? Alegrías, otro término que sería bueno saber a qué me refiero con ello, alegría de cumplir con mis deseos y sensualidades, alegría de perderme en vicisitudes banales, alegría de no importarme el perderme en ellas, alegría de saber que tengo unas alegrías, alegría de que aprendamos y juguemos.
Alegrías al fin, alegrías de colores como los calzoncillos de los profesores y estas palabras que decaen, y yo decayendo, y yo procrastinando de manera irremediable como cada vez que vengo aquí y escribo desvaríos que creo son una forma de NECESARIA catarsis antes de que haga catarsis de una forma auto-catártica-destructiva. Amen.
Se dice que uno es la causa de las cosas que atrae, el pensamiento como fuente de atracción -el poder de la atracción- le llaman si no me equivoco. A qué viene este punto, a que este tiempo he estado gozando de mi continua necesidad de sentirme miserable (con musical y todo). Y sin embargo las cosas no van tan mal, lo que me lleva a pensar que hay una parte de mí, muy en el fondo, una forma sub-in-consciente, como sea, que busca mi felicidad.
¿Es esta forma inconsciente la que atrae de forma irremediable y continua esas alegrías de mi vida? Alegrías, otro término que sería bueno saber a qué me refiero con ello, alegría de cumplir con mis deseos y sensualidades, alegría de perderme en vicisitudes banales, alegría de no importarme el perderme en ellas, alegría de saber que tengo unas alegrías, alegría de que aprendamos y juguemos.
Alegrías al fin, alegrías de colores como los calzoncillos de los profesores y estas palabras que decaen, y yo decayendo, y yo procrastinando de manera irremediable como cada vez que vengo aquí y escribo desvaríos que creo son una forma de NECESARIA catarsis antes de que haga catarsis de una forma auto-catártica-destructiva. Amen.
domingo, 10 de febrero de 2013
más bah
Era el hambre lo que lo incitaba a devorar libro tras libro. Era el deseo lo que lo incitaba a incitar cosas que simplemente no debían incitarse. Incitar su deseo, incitar sus angustias, incitar, incitar, incitar.
Incitar al peligro cada vez que le inventaba una nueva historia para así incitar una desaparecida envidia. Incitar al pasado para intentar reordenar pedazos de lo que alguna vez fue. Incitar a los corazones para dejarse el luto y abrir las puertas, y barrer la calle y echar agua a las cenizas.
Es sorprenderse de que alguien te incite sin haberlo si quiera planeado o querido. Es incitarse a uno mismo a entender que no hay necesidad de incitarse todo el tiempo, que de cuando en cuando hay que dejar ser incitado.
Incitar al peligro cada vez que le inventaba una nueva historia para así incitar una desaparecida envidia. Incitar al pasado para intentar reordenar pedazos de lo que alguna vez fue. Incitar a los corazones para dejarse el luto y abrir las puertas, y barrer la calle y echar agua a las cenizas.
Es sorprenderse de que alguien te incite sin haberlo si quiera planeado o querido. Es incitarse a uno mismo a entender que no hay necesidad de incitarse todo el tiempo, que de cuando en cuando hay que dejar ser incitado.
lunes, 21 de enero de 2013
hambre
Estos días en que no puedo escribir porque me surge un extraño sentimiento de prostitución. Soy mi propio proxeneta y me rebajo a los precios y vejaciones más lastimeras.
Quizá es el miedo a saber que los pensamientos ya no son seguros, es el miedo a saber que las idealizaciones murieron hace tanto que ya no hay costras que quitar, quizá sea...
Quizá es el miedo a saber que los pensamientos ya no son seguros, es el miedo a saber que las idealizaciones murieron hace tanto que ya no hay costras que quitar, quizá sea...
lunes, 7 de enero de 2013
miércoles, 2 de enero de 2013
around
A veces me da por perderme. A veces olvido el centro. A veces tomo la periferia como importante. A veces me pienso más como un algo que piensa que es un algo.
A veces me pierdo en algo que creo que debo perderme. A veces quisiera perderme en verdad.
A veces me pierdo en algo que creo que debo perderme. A veces quisiera perderme en verdad.
my world is empty without you baby
no hay nada difícil. Es la obsesión que tiene uno a sabotearse. Es la necesidad del sufrimiento. Es la necesidad de tener que apretarse las bolas antes de poder gozar de algo. Es... es.... nuestra estupidez.
más madrugadas
No soy Él, no soy Él.
A veces me pregunto qué pasaría si ella regresa diciendo que nadie la amado como yo. A veces me pregunto si podría tomarla como antes, dejarla llorar en mi hombro. Llora querida, llora todo ese dolor que Él te dejó, ese dolor que te hizo volver conmigo en una ilusión tonta que yo podré darte algo que buscas en Él, en mí, en alguien. Quién puede saberlo.
Pero si regresara siendo sincera, sin un dolor arrastrado como un velo de novia, un velo de dolor, entonces... entonces no sabría qué hacer. Si dejarla recostarse en mi regazo (como sé que hará) si dejarla abrazarme y decir cosas a mi oído (como sé que hará).
No lo sé, con esa habilidad suya de tomar mis partes y acomodarlas en sus caras y colores correctas. Esa forma en que solo ella sabe girar mis ejes, esos algoritmos que le enseñé y que aprendió tan bien de memoria. Los algoritmos de mi banal sensualidad.
Creo que lo más probable es que la rechazaría en un acto de orgullo despiadado, no hacia ella, si no hacia mí. Sería un buen momento para darle la espalda, y soñar noche con noche cómo le di la espalda y ella se alejó. Soñar cada noche cómo en verdad quería terminar con ella el camino, decirle que ella era el fin de mi camino.
Que venga y tome estas partes de mí. Tengo el miedo que no las sepa acomodar más, que los algoritmos hayan cambiado y no lo sepa, que ella no los sepa, que yo no los sepa.
The soul pourring into little pieces. Ich habe nichst, et elle le sais très bien.
A veces me pregunto qué pasaría si ella regresa diciendo que nadie la amado como yo. A veces me pregunto si podría tomarla como antes, dejarla llorar en mi hombro. Llora querida, llora todo ese dolor que Él te dejó, ese dolor que te hizo volver conmigo en una ilusión tonta que yo podré darte algo que buscas en Él, en mí, en alguien. Quién puede saberlo.
Pero si regresara siendo sincera, sin un dolor arrastrado como un velo de novia, un velo de dolor, entonces... entonces no sabría qué hacer. Si dejarla recostarse en mi regazo (como sé que hará) si dejarla abrazarme y decir cosas a mi oído (como sé que hará).
No lo sé, con esa habilidad suya de tomar mis partes y acomodarlas en sus caras y colores correctas. Esa forma en que solo ella sabe girar mis ejes, esos algoritmos que le enseñé y que aprendió tan bien de memoria. Los algoritmos de mi banal sensualidad.
Creo que lo más probable es que la rechazaría en un acto de orgullo despiadado, no hacia ella, si no hacia mí. Sería un buen momento para darle la espalda, y soñar noche con noche cómo le di la espalda y ella se alejó. Soñar cada noche cómo en verdad quería terminar con ella el camino, decirle que ella era el fin de mi camino.
Que venga y tome estas partes de mí. Tengo el miedo que no las sepa acomodar más, que los algoritmos hayan cambiado y no lo sepa, que ella no los sepa, que yo no los sepa.
The soul pourring into little pieces. Ich habe nichst, et elle le sais très bien.
sábado, 29 de diciembre de 2012
más miedo
La muerte es el recordatorio de que estamos vivos por antonomasia. Cada que un ser querido muere sentimos su muerte, pero a veces pienso que no lamentamos que no este más entre nosotros, sino el recordatorio que moriremos. Y este recordatorio es el que nos duele, nos saca de nuestro esquema de continuidad en lo que llamamos "vida". No tengo tristeza de que las personas mueran, tengo tristeza de que algún día moriré.
domingo, 23 de diciembre de 2012
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