-Dile lo que sientes, quizá tengas un chance.
Decirle lo que siento ¿y qué siento? Pensó él. Es cierto que solía decir que la amaba. También acostumbraba esperarla fuera de su escuela de idiomas para verla irse. Algunas veces creía verla caminando en la calle y se bajaba del camión para intentar alcanzarla (y todas esas veces tuvo que subir a un nuevo camión después de darse cuenta que no).
Lo interesante del asunto es que muchas veces sí la veía y estaba seguro de que era ella, pero no podía soportar la idea de hablarle. Tenía que dar vuelta y buscar otra ruta. Entonces, ¿qué es lo que sentía? La necesidad de quererla quizá, pero no el deseo de estar con ella. La sola idea de ser su pareja lo aterraba: imaginaba los momentos en que los dos se quedarían solos: ¿De qué hablarían? ¿Cómo debería actuar con ella? ¿Debería aprender a manejar? ¿Cada cuanto y a dónde deberían salir?
No, él no quería estar con ella. El sólo quería quererla, sentir la emoción del amor no correspondido, la emoción que sólo la incertidumbre es capaz de dar. Porque presentía una fatalidad horrorosa si en algún momento él le dijera -Creo que te amo- y ella respondiera -No sabes cuánto esperé a que me dijeras eso-.
martes, 21 de agosto de 2012
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