miércoles, 25 de julio de 2012
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No, no fue como en las películas o los videojuegos; no comenzó en un pueblito de China ni por un accidente en un laboratorio biológico de Rusia, tampoco en la base subterránea secreta de una empresa multinacional. No hubo caos en las ciudades ni se vieron movilizaciones militares; tampoco ríos de sangre ni escenas de gente asesinando a sus parejas, padres, hermanos o hijos. No se dieron mutaciones grotescas o podredumbre en vida. Nadie gemía mientras caminaba arrastrando los miembros o hacían sonidos guturales.
El cambio fue tan lento que pocos se dieron cuenta qué pasaba. La mayoría no lo supo, y ahora se les ve en las calles, las oficinas, manejando automóviles en las carreteras, acostados a tu lado en la cama.
A veces espero que me llegue el momento, que empiece con los síntomas, que me vuelva parte de ellos, pero sé por esta ansiedad que me invade al pensarlo que aún no sucumbo. Las ganas de no levantarme por la mañana al sonar el despertador, la pereza y la distracción en el trabajo, el desgano al llegar a casa, sé por estas cosas que aún no caigo, que sigo siendo humano.
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