-El martes- dijo- ¡Perdóname!
No quedaba más que apartar el brazo, caminar en la dirección opuesta ¿A dónde? No importaba, lejos de ti. Liebestod habíamos dicho.
Tomar aire, asimilarlo, respirar hondo, sentir la lluvia caer. Alzar la mirada, apretar los ojos "Así nadie podría darse cuenta, con la cara cubierta de agua nadie podría darse cuenta". Las palabras llegaron de pronto, tomaron sentido de pronto.
Embriagarse: la solución desesperada. Embriagarse y llorarla, embriagarse y odiarla, embriagarse y amarla. Vomitar su recuerdo, el sabor salado en la boca, el aire que falta. Verla arder, querer arder con ella.
-Con mi maestro de piano, en su casa- eran la palabras que resonaban en mi cabeza.
Imaginarte tocando, él rodeándote con sus brazos, rodeando tu cintura, la cintura que puedo recorrer ahora mismo en el aire con la misma fuerza que si estuvieras aquí acostada a mi lado.
Recuerdos, recuerdos, recuerdos. Tus recuerdos me cazan. ¿Podré verte de nuevo? Soportar tu risa, saber que no es por mí por quien ríes. Saber que no era en mí en quien pensabas.
Se nos acabó la sangre, se nos acabó el Liebestod. Sólo queda hundirse más y más en este suave girar, la flaqueza de las fuerzas, derramar el líquido por el piso, dejar que se haga una mancha, ya habrá tiempo después para limpiar, ya habrá tiempo después, después, después.
-6022

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