Apagó el switch, se desnudó, tomó sólo agua durante todo el día, sonrió sin razón aparente. Recordó lo que era ser feliz.
Luego vino la angustia, sigilosa como esos insectos que se suben por las patas de las camas y recorren tu piel sin que te des cuenta. Se apoderó de él, le robó el sueño que apenas había encontrado entre sus escombros.
La respiración se volvió un acto consiente como sus actos recién llevados a cabo, los demonios olfatearon en el aire, comenzaron a ladrar, ladrar, ladrar.

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