Inevitable entrar y ver al único hombre en la cantina sentado de espaldas en la barra. Inevitable clavarle la navaja suiza en el cuello como también inevitables las luces rojas y azules, azules y rojas, rojas y azules, azules y rojas.
Es que era el coche amarillo Señor, era el coche amarillo, qué iba yo a saber que el hermano había llegado de visita, era el puto coche amarillo.

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