Las luchas eran siempre iguales, que ya le había tirado la ropa o que se había cagado en el lavabo. Eso siempre me causó un poco de curiosidad, cómo le hacía para subirse y cagarse ahí. Al principio las cosas se podían controlar: es un cachorrito mamá, ya la vamos a enseñar dónde puede hacer y dónde no. Pero las cosas no cambiaban, cuando pudo alcanzar la ropa, la tiró toda en el suelo y cuando tuvo las fuerzas suficientes la desgarró también.
Ella en verdad lo detestaba, en una ocasión abrió la puerta de la casa y le gritó ¡Lárgate!, por algún extraño azar del destino esa vez no salió corriendo como alma que lleva el diablo y se quedó acostado en el suelo chupando una servilleta manchada con grasa de chorizos y tasajos.
Ella en verdad lo detestaba, en una ocasión abrió la puerta de la casa y le gritó ¡Lárgate!, por algún extraño azar del destino esa vez no salió corriendo como alma que lleva el diablo y se quedó acostado en el suelo chupando una servilleta manchada con grasa de chorizos y tasajos.
Quizá mi madre era la persona que más convivía con él, peleaban, se gritaban, se ladraban y luego cada quien se iba por su lado, enojado el uno con el otro. Ella en las noches le daba un huevo como cena, él se lo agradecía comiendo un poco de las croquetas, cosa que en otras circunstancias evitaba a toda costa.
El día que arrancó las cunas de Moises que tanto cuidaba mi madre fue toda una conmoción, la veíamos regañarlo, y el perro ahí sentado y agachando la cabeza. Frecuentemente pensábamos que él conocía a la perfección sus delitos. Deja de verme así rechingado perro, le gritaba mi madre, mira cómo me dejaste mis cunas de Moisés, Fernando ven para acá mira lo que tu perro hizo con mis plantas, ¡Mira! Tranquila má, luego las sembramos de nuevo. No, yo ya no quiero a ese perro aquí, estoy harta de él, ahora mismo me lo llevo y lo tiro en la calle.
Entró a la casa y salió con las llaves del coche y la correa. Abre el zaguán y ponle la correa al pinche perro Fernando. Puede ser que la culpa haya sido mía, pero yo estoy seguro que fue ese ganchito donde la correa se une al collar el que se soltó y por el que el perro salió corriendo a la calle. Nadie pudo haber pensado que iba a acabar así, que justo en ese momento aquel coche iba a pasar. Perdón señora, pero es que se me atravesó corriendo, cómo iba yo a saber ¿Está bien señora? ¿señora?
Mi madre sólo podía llorar y dar pequeños gimoteos. Todos lloramos ese día, pero nadie como ella. Tampoco nadie dijo nada cuando sistemáticamente arrancó todas las plantas y se quedo a medio jardín sollozando sola y con las cunas de Moisés en las manos.
Mi madre sólo podía llorar y dar pequeños gimoteos. Todos lloramos ese día, pero nadie como ella. Tampoco nadie dijo nada cuando sistemáticamente arrancó todas las plantas y se quedo a medio jardín sollozando sola y con las cunas de Moisés en las manos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario