Seid nüchtern und wachet; denn euer Widersacher, der Teufel, geht umher wie ein brüllender Löwe und sucht, welchen er verschlinge.
Las personas d
icen que en momentos como éstos recuerdas toda tu vida. Creo que yo no lo hago porque en si, la mía no tuvo mucho sentido hasta que llegué al Oasis del Ictus. Por eso que los recuerdos que vienen a mí son desde que llegué a él y cuidar del pozo se volvió mi vida.
Mi ingreso fue simple y sin tanto alboroto. La primera impresión que tuve del Oasis fue de un lugar tranquilo, con altas palmeras de dátiles, abundante vegetación y una brisa siempre fresca. Ahora que lo pienso, me pareció un lugar un poco fuera de la realidad. Quizá porque habiendo tanta vida en él, apenas uno cruzaba los últimos pastos todo se tornaba seco y sofocante, haciéndome perder la paz y provocando en mi interior un bullir de sentimientos de soberbia e indiferencia inexplicables.
Concretamente lo que hacíamos yo y el otro ciento de personas que vivíamos en el Oasis era cuidar del Pozo, aunque más de una vez pensé que era él el que cuidaba de nosotros. Seguíamos un horario que nunca daba pautas al cambio, cómo olvidarlo : levantarse, ahuyentar al León, desayunar, cuidar del Pozo, comida, arreglar y limpiar las tiendas donde vivíamos, cenar y dormir.
Algunos fines de semana venían personas a tomar un poco de agua del Pozo. En esos días, el León se ponía furioso y daba vueltas azotando su enorme cabeza contra las palmeras y la hierba. A pesar de todo, nunca se acercaba.
Unas semanas después de mi llegada vimos a uno de nosotros caminando con el León, en su cara se dibujaba esa expresión que indicaba su cercana victoria. A nadie le extrañó que el tipo no regresara de su última ida al pueblo, todos sabíamos que el León se lo había devorado. Con su ausencia algunos encontraron un motivo para alegrarse, al parecer, ya se habían cansado de su fanfarronería y orgullo excesivo.
Hicimos lo que siempre se hacía cuando alguien se dejaba devorar : ir a su tienda, guardar su ropa en una bolsa, quemarla junto con el resto de sus cosas y luego fingir que él nunca existió.
Que ese hombre hubiera preferido ser devorado a estar con el Pozo fue para mí de lo más extraño, pues a pesar de llevar poco tiempo en el Oasis, yo ya empezaba a quererlo y apreciarlo. El pozo era lo más importante para mí y depositaba en él todos mis sueños, esperanzas y temores. Disfrutaba cada día que pasaba con él. Eramos los mejores amigos. Poco a poco empecé a amarlo, y nuestra relación era tan íntima que pensé que había encontrado en él el sentido que tanto había estado buscando en mi vida.
Pero los meses pasaron y no sé qué sucedió. Probablemente por la rutina diaria comencé a descuidarlo y de pronto, un día mientras caminaba por los alrededores del Oasis, me quedé observando el desierto. Sabía que no debía, que estaba prohibido hacerlo, pero no pude evitar quedarme toda esa tarde admirando su silencio y brillo, uno que no había visto antes en él. Algo en mí deseaba ir y revolcarme en la arena, quedarme ahí y no importarme ni el Oasis con sus palmeras y su frescura, ni los demás o el León- que ahora estaba recostado a mi lado, ronroneando casi como con gusto- ni siquiera importarme el Pozo.
Desde ese día buscaba cualquier pretexto para escabullirme del horario e irme a sentar a la orilla del Oasis para observar el desierto con ese brillo que me parecía tan hermoso.
El León pasó a tomar el lugar del Pozo. Al principio lo ahuyentaba, pero después de un tiempo dejé de hacerlo y su compañía empezó a serme agradable. Cada vez nos volvíamos más cercanos. Recuerdo una ocasión en que caí dormido sobre su ancha espalda, soñando con el desierto y la hermosura de su brillo.
Esta mañana desperté en mi tienda, que ahora era un completo desorden, salí de ella y ahí afuera estaba el León acostado. En cuanto me vio se levantó y sonrió.
-Vamos pues- le dije con un suspiro- en el fondo, sabía que hoy no nos quedaríamos sentados a la orilla del Oasis.
Al pasar junto al Pozo oí la voz de alguien que me suplicaba que regresara. También sentí cómo el Pozo me llamaba dulcemente a pesar de la manera en que lo había abandonado. Pero su invitación era inútil, en mi corazón sólo estaba el desierto, además que sentía demasiada vergüenza para regresar con él.
Al llegar al borde suspiré ansioso y me dejé guiar por el León.
Ahora recuerdo estas cosas mientras la arena calienta quema mis pies y el dolor hace que por primera vez en mucho tiempo reflexione. Pero ya es tarde, el León ahora ruge eufórico por la excitación de su victoria, una euphoria pasajera, él nunca se está tranquilo, y en cuanto acabe conmigo regresará a buscar alguien más que se deje devorar.

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